Asistimos en los últimos años a un proceso de internacionalización de los vinos canarios que parecía muy lejano hace unas décadas, pero sin duda, estamos recogiendo los frutos de un trabajo arduo y constante a lo largo de muchos años, que está dando los resultados deseados.

Comenzó todo este proceso hace unos 25 años, cuando empezaron a sentarse las bases para conseguir el desarrollo que ahora tenemos. No ha sido tarea fácil. Se partía de un sector sin ningún tipo de organización, con unos modus operandi muy primitivos, sin instalaciones con los equipamientos adecuadas para afrontar los retos que el mercado le iba a exigir y con un personal técnico muy poco cualificado.

Ha habido aciertos y errores, como en cualquier otro proceso de la vida, pero a la vista de los resultados es evidente que han prevalecido los primeros frente a los segundos.

Partimos generando los modelos organizativos, creando las DO, pena que se hiciese en clave de una ‘comarcalización’ marcada por el concepto del consumo de los vinos locales a granel, sin tener la perspectiva de a dónde íbamos a llegar y de la necesidad de una identificación regional en los mercados internacionales, donde los topónimos comarcales poco dicen, siendo actualmente, además, deficiente su consolidación y reconocimiento, incluso en el mercado interior y, por tanto, escaso su valor como marca paraguas, causa principal de la crisis en la que están sumidas.

Una vez más, la realidad del mercado va por delante de la capacidad del sector de dar respuesta a las demandas. Vemos una y otra vez en el extranjero y en nuestra propia tierra cómo se identifican, tanto en las cartas de los restaurantes como en los lineales de la alimentación de forma mayoritaria nuestros vinos, como Vinos de la Islas Canarias, en lugar de los topónimos de comarcas o islas, sin dejar de profundizar luego en la identificación más precisa, necesaria para poner en valor la extraordinaria diversidad de nuestras elaboraciones, motivadas por suelos, microclimas, etcétera.

Se continuó en su momento por una modernización de instalaciones y por la formación del personal necesario, lo que rápidamente se tradujo en una mejora cualitativa de nuestros vinos, poniéndolos en condiciones de competir en un mercado de calidad creciente. En numerosos casos se cometieron en este proceso errores derivados de un excesivo tecnicismo, con pérdida de identidad del producto, situación esta que no ha sido exclusiva de la Islas, sino un fenómeno generalizado a nivel mundial, que últimamente se tiende a corregir, volviendo a procedimientos de elaboración mucho más respetuosos, encaminados a la búsqueda de la expresión del terroir.

Fue necesario afrontar una reconversión del viñedo, aprovechando también las ayudas de la OCM, buscando la mejora competitiva y cualitativa de las producciones vitícolas, que llegó a muchas hectáreas, aunque desgraciadamente no con el acierto adecuado en todos los casos, y no sin graves errores en el camino como la introducción de variedades foráneas, que irónicamente incluso llegaron a llamarlas mejorantes y que el devenir del tiempo ha puesto en su sitio, prevaleciendo la gran riqueza varietal de la Islas, baza para la diferenciación necesaria que permita un grado de competitividad en los mercados globalizados hartos de más chardonay, cabernet, merlot, etcétera.

Ya desde muy pronto, comenzamos un grupo de bodegas, de las cuales varias formamos actualmente el grupo más activo de la exportación del Canarywine, a salir al exterior, en una tarea dura y constante, sin perder la fe en que tarde o temprano los resultados llegarían, de mano en muchos de los casos de Proexca y de la Consejería de Agricultura.

Han sido muchas Ferias, Tasting rooms, misiones inversas, experiencias a través de las cuales hemos ido aprendiendo, aprendizaje necesario para afrontar un mercado y una situación de comercialización tan compleja como la actual.

Resulta difícil cuantificar el volumen de las exportaciones actuales, al movernos dentro de un enrevesado sistema del REF, modelo pensado para estar al servicio de la importación y  culpable de la lamentable situación del sector primario en las Islas, que en este marco tiene una muy difícil supervivencia. Basta solo, para confirmar esta afirmación, analizar la evolución del mismo en las últimas tres décadas.

Sin embargo, con los datos que trabajamos desde AVIBO, basados en datos aduaneros y del propio sector, las exportaciones están en este momento en torno al 12% del vino que anualmente se embotella con DO en las Islas, cifra que tenderá a seguir en aumento en los próximos años y va sirviendo para ir llegando a mercados cada vez más lejanos, donde los podemos encontrar hoy desde California hasta Nueva Zelanda, pasando por una gran cantidad de países y para ir afianzando el posicionamiento en los mismos, con una mayor visualización en el mercado y con un reconocimiento mundial cada vez más amplio, base para reivindicar lo que en su momento, en los siglos XVI y XVII, supuso el Canary.

Estamos en un momento precioso, por lo que supone de satisfacción el poder comenzar a recoger el fruto de un trabajo intenso, pero es más interesante por lo ilusionante de cara al futuro próximo que nos espera.

Es cierto que a nivel interior tenemos un mercado muy importante, más de dos millones de residentes y más de trece millones de visitantes, que en ningún momento debemos descuidar ni abandonar ilusionados por el crecimiento del mercado exterior, pero es igualmente cierto que este mercado exterior puede aportar un reconocimiento internacional difícil de conseguir cerrados exclusivamente en el mercado interior y  que a medio plazo redundará en un mejor posicionamiento de mercado de nuestros vinos a nivel global.

Es solo el comienzo, queda mucho camino por andar, pero con la lección aprendida de errores del camino y con lo más importante, la identidad, genuinidad y calidad de unos vinos que hablan por sí solos, seguro que nos deparará muchas alegrías.

Juan Jesús Méndez Siverio

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